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Domingo, 06 de noviembre de 2005

La arquitectura de la exclusión (disturbios en París)

Autor: Gara

Las aglomeraciones urbanas deL norte y este de Paris viven una situacion que ya se puede calificar de explosiva. La muerte de dos jOvenes, de origen arabe y nacidos en el estado francés, ha provocado un estallido de colera colectiva que ha colocado en primera plana a la localidad de Clichy-sous-Bois.

Para comprender mejor lo que está ocurriendo durante los últimos días puede ser útil aportar algunos datos sobre la arquitectura de esas aglomeraciones de la periferia de «la ciudad más bella del mundo» en las que fueron alojadas miles y miles de personas llegadas a mediados del siglo pasado para trabajar en el cinturón industrial parisino.

Esa mano de obra proveniente en su mayoría de las antiguas colonias en Africa y América, artífice en gran medida del pujante desarrollo económico francés en esos años y en las décadas posteriores, fue literalmente recluida en unas urbes cuya configuración urbanística ha servido de simiente a la exclusión social.

Montfermeil y Clichy-sous-Bois, las dos comunas que integran la aglomeración en que ha saltado la chispa ­en forma de protesta espontánea pero no casual, a modo de furia con razones sociales y económicas pero ajena a proyectos progresistas y de transformación social­ conocieron un crecimiento demográfico espectacular en los años 50. Mientras la población de esas localidades era de 1.600 y de 1.010 habitantes a principios del siglo XX, el censo de 1999 situaba a Montfermeil con 28.288 habitantes y a Clichy-sous-Bois con 24.121, lo que hace un total de 52.409 habitantes para el conjunto de la aglomeración.

Como consecuencia de esa llegada masiva de mano de obra en edad de formar familia, a día de hoy la proporción de población joven en estas urbes es notablemente superior a la que se da en otras comunas de densidad similar. Cerca de un 39% de la población de Clichy tiene menos de 20 años de edad, lo que le sitúa casi once puntos por encima de la media para esta franja de edad que arroja el departamento en el que se ubica, Seine-Saint-Denis. Pese a contar con menos de 30.000 habitantes, la población en edad escolar corresponde a la de una ciudad de 50.000, lo que implica unas necesidades de inversión en el capítulo formativo muy importantes y no siempre satisfechas de forma conveniente desde las instancias públicas.

A las lagunas en el ámbito de la educación cabe sumar el insuficiente esfuerzo en la promoción de empleo, lo que unido a la caída en la oferta de trabajo del sector industrial, básico para una ciudad en la que un 36% de la población es obrera, arroja un cuadro de fuerte desequilibrio social. Además, según las estadísticas que baraja la propia Alcaldía de Clichy-sous-Bois, en más de un cuarto de los hogares la persona que encabeza la familia no dispone de un empleo.

A la hora de perfilar la arquitectura de la marginación son relevantes también otros datos relativos al reparto del mercado de trabajo, como los que constatan que los cuadros y profesionales superiores solo suponen un 4% de la población activa de la ciudad o que la cifra de artesanos y comerciantes experimenta una constante tendencia a la baja.

La fotografía retrata a una población mayoritariamente obrera, pero que ya no encuentra fácilmente trabajo en la industria, y una escasa presencia de oferta de empleo en servicios y comercio, pilares de desarrollo económico en nuestros días.

En Clichy la población activa con un empleo ha disminuido de manera constante en los años 90, y en ese contexto de paulatino empobrecimiento que afectaría a más del 60% de los hogares de la ciudad ha crecido un malestar que toca particularmente a unos jóvenes franceses de nacimiento pero a los que su origen inmigrante les priva de los medios de promoción personal y social de que disponen el «resto de los franceses». Una falla en la integración difícil de comprender, y más aún de asimilar, cuando han transcurrido tres, cuatro o cinco décadas desde que sus familiares recalaran en Europa.

Otro factor que sirve de caldo de cultivo a la degradación social es el propio paisaje urbanístico que salpica el extrarradio de la capital francesa. En él se suceden, una tras otra, unas urbes en las que el 80% de la población vive en un contexto agresivo (cerca del 47% de los hogares se sitúan en inmuebles de más de nueve alturas) y donde sigue siendo habitual la superpoblación de las viviendas.

La falta de empleo, la baja calidad de los alojamientos, el insuficiente apoyo a una familias sobrecargadasŠ son problemas que no han sido atajados por las sucesivas administraciones con programas dinámicos y al servicio de la comunidad, sino con medidas de control social. Hoy, los jóvenes de las cites dividen su odio por igual entre los policías y los asistentes sociales, e identifican a cualquier funcionario público como una presencia opresiva que se suma a un universo personal y colectivo con demasiada dosis de frustración y que encuentra hoy un refugio más que dudoso en la religión.

En esta situación social convulsa, en este panorama de quiebra en la identidad colectiva, un reguero de fuego recorre la ciudad de Clichy-sous-Bois y, desde ella, las llamas se desbordan hacia otras cites. Todo ello ante la inoperancia de un gobierno que por demasiado tiempo ha tratado de convencer a la opinión publica de que el combate de la seguridad es la clave principal para abordar una ruptura social que desborda con creces a los planos televisivos de los vehículos en llamas.

Aunque si algo han aprendido los centenares de jóvenes que toman cada noche el asfalto en la periferia de París es que sólo recurriendo a la violencia han logrado hacerse con un hueco en la agenda de la clase político-mediática del hexágono.

Una lección cargada de riesgos, pero cuya responsabilidad última recae también, y sobre todo, en unos gobiernos que, desmantelando progresivamente el edificio público y plegándose a los criterios de la especulación privada, han levantado ladrillo a ladrillo esta arquitectura de la exclusión. -


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